Los Agustinos, Alicante y la Semana Santa

En el Alicante antiguo, el que latía entre los siglos XVII-XVIII, no cabía en la cabeza que cualquier manifestación festiva no fuese acompañada por un acontecimiento religioso, prueba de ello tenemos las fiestas de Moros y Cristianos, les Fogueres de Sant Joan o la de El Porrate de San Antón. La gente de esta tierra siempre ha entremezclado el sentimiento festivo con el religioso. Hay que tener presente que la Semana Santa en Alicante viene documentalmente datada del año 1600 según aparecen en las crónicas y se presupone que existiría mucho tiempo antes si tenemos en cuenta la antigüedad de la Santa Faz del 1489 y esa Romería que conmemoraba aquel lejano 17 de Marzo de 1489 cuando tuvo lugar la primera Epifania de la Santisima Faz de Cristo, tan popularmente conocida con el nombre de “El Milagro de la Lágrima” donde se implora peticiones y deseos al Lienzo Verónico.

La presencia de la Orden de San Agustín en Alicante es fechada por el deán Bendicho, en su Crónica de Alicante, en el siglo XVI. Dicha Orden religiosa mendicante de la Iglesia Católica, fue fundada por el Papa Inocencio IV en el siglo XIII, en el mes de marzo del año 1.244 en Roma, para unificar a un grupo de monjes seguidores de las Reglas de San Agustín de Hipona, en la Toscana (Italia).

Como hábitos, una capa con mangas largas de color negro hasta los tobillos sobre sayón ceñido con correa de cuero negra de dos dedos de anchura y capucha en forma de punta o cono que llegaba hasta la cintura y en el pecho un escapulario, calzado rudimentario confeccionado con trinchas de cuero negro y medias calzas blancas anudadas a la pierna; los Agustinos, como se les llamaría familiarmente en lo sucesivo, llegarían a formar la tercera Orden numerosa religiosa por aquellos días, compuesta por pequeños grupos de eremitas de vida cenobítica, tras los franciscanos y los dominicos.

Dos bulas pontificias, ambas fechadas el 16 de diciembre de 1243, sientan las bases jurídicas de dicha Orden:

Incumbit nobis.- Carta fundacional de la Orden de Ermitaños de San Agustín, donde se comprometen a enviar uno o dos representantes de cada Casa al Capítulo General para profesar la regla y el género de vida del bienaventurado Agustín y para que redacten las Constituciones y elijan un Prior.

Praesentium vobis.- Recordatorio de las funciones de formación de la nueva Orden, que no son otras que la de diligente, corrector y provisor que recaerían en la persona del Cardenal Ricardo degli Annibaldi.

Para pertenecer a dicha orden, los postulantes deberían someterse a un examen por dos religiosos, los cuales informaban al prior de sus aptitudes para tomar los hábitos y abandonar la ropa de la época. Durante un año y un día se instruían en la gramática latina para profundizar en el estudio y comprensión de los textos sagrados y de las obras de los clásicos, mientras se les introducía progresivamente en los preceptos de la Regla. Tras comprobar que su origen familiar era sin tacha, certificando la limpieza de sangre ante impurezas como tener familia descendientes de Moros, Judíos, o de nuevos conversos. penitenciados o castigados por el Santo Oficio de la Inquisición u otro Tribunal, el novicio era admitido en la Orden, acatando los tres votos de la Regla agustiniana: castidad, pobreza evangélica y obediencia. Tras entregar todos los bienes que poseía para bien de la Comunidad, por mediación de testamento civil o escritura de cesión, morían para el mundo y nacía en una nueva vida de obediencia y oración, de manera que al fallecer, eran sepultados con el hábito de la comunidad a la que pertenecían.

A través de los siglos, a dicha Orden se le otorgaron algunos privilegios, los cuales desde sus comienzos, todavía perduran en la actualidad, como son:

  • – Alejandro IV liberó a la orden de la jurisdicción de los obispos.
  • – Inocencio VIII en 1490 concede a todas las Iglesias de la Orden indulgencias.
  • – Desde finales del s. XIII, la Sacristía Pontificia está a cargo de los frailes de dicha Orden.
  • – Custodios del Sagrario Apostólico
  • – Encargados del servicio en la Iglesia de Sant´Anna dei Palafrenieri que es la parroquia del Vaticano y su cementerio oficial.

También se tiene constancia de su presencia en la pequeña y plana extensión de tierra situada a 1’5 millas marinas del Cabo de Santa Pola, denominada a través de los tiempos: la Planesia romana, Isla de San Pedro, Plaza Fuerte de San Pablo, Isla de Santa Pola, su correcto nombre geográfico de Isla Plana, o el más popular, Isla de Tabarca. Allí  dicha fundación fue consecuencia directa de la llegada a Alicante, el día de San José de 1769, de 300 presos por los que el Rey Carlos III había pagado rescate en las cárceles de Túnez y Argel, cautivos que permanecían en ellas desde que los tunecinos devastaran el islote fortificado, de no más de 16 hectáreas a 300 metros de la costa de la población de Tabarka o Tabarqah, conquistado a Túnez por el Emperador Carlos V en 1540. La actividad fundamental de esta plaza era la pesca, la industria y el comercio del preciado coral rojo que en el siglo XVI atrajo un importante número de comerciantes y trabajadores de la entonces República de Génova.

Durante décadas, la isla prosperó hasta que a comienzos del siglo XVIII se unió a la superpoblación de la misma una crisis en la obtención del coral, lo que provocó una emigración de genoveses cuyos habitantes aún hoy se hacen llamar tabarquini. Pero este descenso de población animó a los tunecinos a tomar la isla por las armas en agosto de 1741, haciendo presos a sus habitantes, que fueron destinados a las galeras musulmanas o tomados como esclavos, algunos de los cuales, en 1756, pasaron a continuar su cautividad en las cárceles de Túnez y Argel. De ellos, 566 eran de origen genovés y 309 naturales de la propia Tabarka.

En su condición de cristianos, los presos genoveses reclamaron la atención del Padre Fray Juan Bautista Riverola de la Orden de los Agustinos, debido a que éste les asistía espiritualmente, pero a pesar de la profunda religiosidad de los cautivos tabarquinos, la cual fue su tabla de salvación, necesitaban que el antiguo cura de Tabarka intercediera por ellos ante el Rey Carlos III. El fraile, tras conseguir visitarles cayó también cautivo, pero por medicación de cartas, le fue relatando al Padre Fray Bernardo de Almanaya las nefastas condiciones de vida en las que sobrevivían con minuciosos detalles, así como detalles a cerca del cautiverio y penalidades de dichos tabarquinos.

Dichos escritos firmados por varios religiosos de la Orden, llegaron a manos del Rey Carlos III despertando su interés por su redención e incitándolo para que mediara ante el Bey de Túnez para liberarlos, carta que coincidió con la remitida por Campomanes al monarca, en la que recomendaba una guarnición en la alicantina Isla Plana, para acabar con las incursiones de los corsarios argelinos, que se dedicaban a asaltar tanto a los barcos que navegaban por nuestras aguas como a nuestras poblaciones costeras, tomando frecuentemente como base de operaciones la citada isla.

De esa petición surgiría que Carlos III encargara a la Orden de la Merced que gestionase el pago de 240 duros en concepto de rescate por 300 cautivos, que se produciría el 8 de diciembre de 1768, llegando éstos al puerto de Cartagena, y de allí, provisionalmente, al entonces Colegio de los Jesuitas de nuestra ciudad (hoy Convento de las R.R. M.M. Canonesas Agustinas o Monjas de la Sangre donde se fundaría la hermandad para la veneración de la “Sangre de Cristo”). Los recién llegados serían destinados por Carlos III a poblar la isla, fundándose así Nueva Tabarca en la parte más occidental de la Isla Plana, dándole condición de ciudad y eximiendo a sus pobladores de los tributos reales.

Mientras, en la ciudad de Alicante y construido extramuros, tras la expulsión de los moriscos en 1609, el Raval Roig se conformaba como barrio de pescadores y es en su calle principal, la de la Virgen del Socorro, donde los primeros Agustinos se asentaban el 28 de Junio de 1585 en la ermita del mismo nombre, que anteriormente según las crónicas, fue casa perteneciente a la Orden Militar de los Caballeros del Temple. Los Templarios como comúnmente se les conocía, fueron habitantes visitantes de nuestras tierras, desde el año 1270 debido a la ley promulgada por Alfonso X donde establecía que toda mercancía que fuera a ser destinada al próximo Oriente y los Santos Lugar, debía ser embarcada por los puertos de Alicante o Cartagena. Esta ley hace mención expresa a las Órdenes del Hospital y Temple, así como cualquier otra Orden. Presuponemos que alguno de aquellos caballeros templarios portaría consigo la imagen de la Mare de Deu del Lluc para su devoción, la cual durante algún tiempo mantuvo su primitiva advocación en lengua materna. La imagen tomaba su nombre del Santuario del Lluc en Mallorca.

El Santuario de la Virgen del Lluc,  cuyo primer prelado, Fray Balthasar Llopis, tomó posesión el 10 de Julio de 1585, contenía una obra de autor desconocido que reproducía una imagen hierática de la Virgen con el Niño en brazos en actitud de bendecir y con el orbe crucífero en su mano izquierda. Ambos lucían una sencilla indumentaria compuesta por un pesado manto campaniforme sin modulación del volumen, abotonado en su frente con decoración geométrica de bandas oblicuas, seguramente confeccionado en seda, y una golilla de encajes al cuello según la moda de los reinados de Felipe II y Felipe III y sobre sus cabezas unas coronas de puntas.

Dicho santuario fue calificado en tiempo de los frailes agustinos por el historiador Jordán como “casa de estudios y lugar de virtud y letras”. Tengamos en cuenta que la vida religiosa Agustina comprendía entre otras, la oración comunitaria ininterrumpida a la salida o al ocaso del sol dependiendo de la estación del año, así como los cánticos eran obligados en los oficios para todos los hermanos, exceptuando aquellos que realizaban labores de extrema dedicación como los maestros de Teología o Filosofía. Las disputas entre hermanos estaban prohibidas, así como las conversaciones durante las comidas y la vida en comunidad se basaba en el respeto mutuo. Entre sus muchos rasgos de enriquecimiento cultural, destacan la adquisición de libros para sus bibliotecas o la elaboración en el scriptorium de libros de uso litúrgico, muy solicitados por las parroquianas, de los cuales se posee un ejemplar de misal como testimonio en el Cabildo de la Colegiata de San Nicolás de Alicante, fechado en 1732 y confeccionado por el Padre Fray Miguel Monllor de la comunidad de Alcoy.

Cuarenta y dos años más tarde ubicarán su residencia en lo que actualmente es la Plaza de Quijano, desapareciendo en 1834 con motivo de la exclaustración de todas las órdenes religiosas.

Escrito por Mayte Serrano

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